Todo por la industria

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Cuenta la leyenda que cuando periodistas y críticos le preguntaban a John Ford que le había empujado a convertirse en director de cine, qué buscaba con sus películas, este contestaba: “un cheque”. De esta manera Ford le quitaba importancia a su obra, se mostraba como un artesano y no como un artista.

John Ford, los directores de su quinta y los productores de aquella época hicieron que el cine pasará de ser una atracción de feria a un fenómeno de masas. Uno tremendamente lucrativo. Durante la época dorada de Hollywood las riendas de la industria estuvieron en las manos de la gente que había levantado aquello. Ejecutivos y productores que se habían destetado en el mudo, se habían enfrentado a los retos del sonoro y se la jugaban en cada producción (Cleopatra casi acaba con la historia de la 20th Century Fox). 

Sí, eran déspotas que trataban a los actores como si fueran su propiedad, abusaban de los casting couch y en ocasiones censuraban a directores y guionistas. En gran medida porque eran esclavos de su tiempo. Pero lo que no se puede negar es que cuidaron y mimaron un negocio en el que se habían criado y que conocían a la perfección.

Bill Veeck fue un caso similar en el mundo del béisbol. Su padre trabajó para los Cubs durante los años 20 y Bill hizo lo propio durante su adolescencia. Vendió perritos, cortó entradas y cuidó del césped. A lo largo de su carrera fue propietario de los Indians, los St. Louis Browns y los White Sox. Al igual que Ford, nunca ocultó que estaba en el béisbol para hacer dinero, pero tenía muy claro que la única manera de lograrlo era poniendo un equipo competitivo en el campo y lanzando promociones ingeniosas que llenaran el estadio un día sí y otro también.

Hoy la MLB, Hollywood y la mayoría de los negocios están controlados por ejecutivos clónicos salidos de las mejores escuelas de negocios y que coleccionan masters bajo el brazo. Les da lo mismo gestionar una red de hospitales, un centro de distribución o una cadena de televisión. Ford era capaz de sentarse con los especialistas de sus películas y hablar de caballos. Veeck lo sabía todo sobre el cuidado del césped del estadio y ayudaba a los jardineros si era necesario. Los nuevos ejecutivos solo saben de números.

En el Hollywood de hoy en día prácticamente no existen las películas de medio presupuesto. Solo hay superproducciones destinadas a reventar las taquillas o films de coste ínfimo que no suponen ningún riesgo. Lo mismo sucede en la MLB: los equipos de nivel medio han desaparecido. Las franquicias con opciones de ganar apuestan todo, pero las que tienen menos posibilidades tankean sin ningún pudor. Antes de 2017 solo había habido en la historia de la MLB cuatro temporadas con tres equipos que se fueran por encima de las 100 victorias. Llevamos tres campañas seguidas (2017, 2018 y 2019) con tres o más conjuntos superando los 100 partidos ganados.

¿El motivo? Los nuevos dirigentes del béisbol, salidos de universidades de la Ivy League y con currículums que no desentonarian en Silicon Valley, han encontrado una fórmula que funciona (al menos en el corto y medio plazo). Los nuevos métodos de financiación de las franquicias cada vez dependen menos de la venta de entradas (aunque paradójicamente las entradas cada vez sean más caras). Los ejecutivos han conseguido diversificar los ingresos y que estos vengan gracias a acuerdos millonarios con canales de televisión por cable, nombres de estadios patrocinados por corporaciones y acuerdos comerciales con grandes empresas. Los beneficios de las franquicias poco tienen que ver con lo que sucede en el campo.

El modelo ha demostrado estar funcionando. La MLB nunca había generado tantos beneficios. Pero al mismo tiempo la popularidad del béisbol parece estar disminuyendo y los estadios (salvo contadas excepciones) cada vez están más vacíos…