Este artículo está escrito por Brais V.
Al que les escribe estas líneas no le gusta el vino. No es capaz de disfrutar de los caldos que se sirven en reuniones familiares o eventos sociales. Pueden apostar tranquilos todo su dinero a que la mayor parte del vino que he consumido a lo largo de mi vida se reduce a un pequeño lapso temporal, hace más de veinte años, maridando vino de cartón con cola y servido en vaso de plástico. Pero la cosa cambia cuando hablamos del vinagre.
El vinagre no deja de ser un vino o una sidra a la que se ha dejado madurar hasta un punto en el que el paso del tiempo hace mella en él, y transforma su agradable gusto al paladar en una sensación agria. No me malinterpreten, cuando salgo por la noche o voy a un restaurante no me pido un chupito de vinagre a modo de digestivo o simplemente por gusto. El vinagre encaja perfectamente si tenemos las piezas adecuadas para que no nos arrugue la lengua ni los queme la garganta.
Seguramente estén pensando que Pitcheos Salvajes ha dado un giro en su línea editorial y que ahora también se va a enfocar en la gastronomía; lo siento mucho: se equivocan. El vinagre tiene absolutamente todo que ver con el béisbol. La pelota no se entiende sin el vinagre que todos llevamos dentro. Ese vinagre sale a relucir en contadas ocasiones en las personas más jóvenes pero es casi permanente en aquellas que ya llevan media docena de décadas a sus espaldas.
Hace un par de años, cuando los Mets anunciaron que Buck Showalter sería su nuevo skipper, una sensación agria atravesó mi cuerpo como si me hubiese partido un rayo. Echaba muchísimo de menos el vinagre en los ballparks de las Grandes Ligas. Es cierto que gente como Dusty Baker o Brian Snitker continuaban en activo cosechando éxitos y que otros más jóvenes como David Bell, Aaron Boone o David Ross apuntaban maneras de convertirse en vinagres de primera calidad, pero a mi me faltaba algo. Mis managers favoritos, los más malhumorados, avinagrados y con cara de mascar chinchetas en vez de tabaco ya no estaban. Los managers con los que crecí y me aficioné al béisbol, los que formaban parte de la experiencia de cada partido se habían retirado o no habían vuelto a encontrar acomodo en unas franquicias que ya apostaban por sangre nueva. Terry Collins, Bruce Bochy, John Gibbons, Clint Hurdle, Buck Showalter o Jim Tracy intimidaban a umpires y rivales con una simple mirada. Sus barrigas, sus andares desgarbados, sus pelos canosos, sus gritos y sus gestos avinagrados habían dejado paso a una serie de nuevos managers que hacían de la sobreactuación y la pose un hábito. Pero el hábito no hace al monje, como le pasaba a Andy Green, que aunque realizaba su trabajo de manera correcta en época muy complicada para los Padres, daba la sensación de sobrerreacción cada vez que salía del dugout.
Pensarán que mis admirados vinagres también lo hacían, y, en parte, tienen razón. La diferencia, bajo la humilde opinión del que les escribe, es que la vieja guardia vinagrera, sabía elegir el momento justo en el que montar el lío, lo hacía con maestría cuando sabía que podía cambiar de algún modo el momentum de los partidos, como sucede con las peleas en el hockey sobre hielo. Eran unos maestros de la persuasión y la coacción. Todos los managers lo hacen, sí, pero la mayor parte de las veces más como un intento de marcar territorio y hacerse notar que en cambiar el transcurso del juego. Todos protestan y todos defienden situaciones indefendibles en favor de su equipo, pero no pueden negarme el que si echan la vista atrás también les echarán de menos.
Y, además de ser unos vinagres, son el ejemplo de que, con su experiencia y su manera de leer y entender el deporte, son capaces de cambiar el curso de una franquicia, su historia, y cosechar éxitos. Con la salvedad del experimento de Chicago White Sox con LaRussa, que es algo que en fin, creo que nadie pensó nunca que fuese una buena idea, apuesto a que el propio LaRussa también llegó a pensarlo. Vamos a coger los ejemplos más recientes: Snitker consiguió hacer campeón a los Braves, Jost a los Royals, Baker cogió a los Astros en un momento complicadísimo y no ha parado de ganar, Bochy ha cogido a los Rangers y los tiene en las World Series, después de unos cuantos años que ni fu ni fa. Showalter no ha conseguido los éxitos que se esperaban de él en Nueva York -plaza complicada-, pero no todo ha sido culpa suya. Maddon rompió la maldición de los Chicago Cubs y Terry Francona no hizo campeón a los Indians setenta y pico años después porque se topó con unos Cubs bendecidos por la épica de una las mejores Series Mundiales que se recuerdan. A excepción de Dave Roberts – que creo sinceramente no pertenece al grupo vinagre-, en la última década los skippers que han campeonado son Dave Martínez y Alex Cora (lo siento, yo no cuento el año 2017), un par de tipos a los que el vinagre empieza a salirles por los poros. Mi recomendación a aquellas franquicias que aspiran a dar ese pasito definitivo que les queda para ser realmente contendendientes a plantarse en el Clásico del Otoño es que apuesten por el vinagre. No quiero mirar a nadie, pero Blue Jays, pónganse las pilas.












