La historia de Bill Lee y Ted Williams.

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Portada del libro de Lee.

En su maravilloso libro Have Glove, Will Travel: Advetures of a Baseball Vagabond Bill Lee cuenta como tuvo un encuentro fortuito con el jugador de los Boston Red Sox Ted Williams durante el Spring Training de 1986. Fue el principio de una amistad entre dos personajes antagónicos pero vitales en la historia de los Red Sox y a los que unía un amor sincero e incondicional por el béisbol.

Ted Williams siempre fue un hombre conservador. Partidario de las intervenciones militares de los Estados Unidos en las que llegó a participar. Recordemos que estuvo en la II Guerra Mundial y en Corea.

Por contra Lee era un verso libre. Un tipo que reconoció consumir marihuana y otras muchas sustancias y al que sus fans obsequiaban con botellas de tequila. Seguidor de Abbie Hoffman, Fidel Castro y el budismo.

Ya que el libro está descatalogado me ha parecido interesante acercar el encuentro a la Red Sox Nation castellano parlante y al aficionado a la pelota en general. Es un pequeño pasaje pero que dice mucho de dos tíos especiales. Espero que lo disfruten compañeros.

Una tarde que (Ted Williams) estaba deambulando por el campo de prácticas horas antes de que llegara ninguno de sus alumnos, me encontró sentado en nuestro dugout. Ted no solía hablar mucho con los pitchers, aún nos consideraba sus enemigos. Sin embargo se sentó a mi lado y colocó su pesado brazo sobre mis hombros en tono amistoso.

Williams como manager de los Senators en 1969.

«Dios,» gruñó mirando al campo vacío, «me dejan aquí abandonado con un jodido pitcher. ¡Y encima también es un maldito comunista!» Me miró con una sonrisa que decía y eso qué mierdas importa y soltó, «Eres un chico de California, como yo, debes ser buen tío. Para ser un pitcher, claro. Pero eres bobo. Todos los pitcher sois bobos. Solo hay una cosa más tonta que un pitcher, los bateadores a los que elimináis.»


«Vamos, realmente no crees que todos los pitchers seamos idiotas…»


«¿Ah, no? ¡Mírate! Lanzas bolas curvas, ¿no? Pero apuesto qué no sabes lo que hace que sean curvas.»


«Seguro que si. La misma cosa que elevaba esos aviones de combate que solías pilotar cuando estabas en la reserva. El principio de Bernoulli.»


Abrió sus ojos con asombro fingido. «¿Pero tú sabes de esas cosas?» exclamó.


«Es física básica. En una curva la rotación de las costuras de la bola crea una zona de alta presión sobre la pelota y otra de baja presión bajo ella. La alta presión la empuja hacia abajo y la bola cae cuando cruza el plate porque la baja presión que se genera bajo ella no aguanta el empuje.»


La explicación impresionó a Ted Williams. Le gustaba poner a la gente a prueba con sus mierdas. Era su manera de incordiar al personal y hacerlo pensar. Se plantaba delante tuyo con esos aires de instructor de los Marines que sabe que o las cosas son como él dice o no son y te desafiaba. Pero le encantaba encontrarse con gente que le llevara la contraria y le replicara. Así que le dije, » Ahora es mi turno. Apuesto a qué puedo decirte algo que no sabes sobre porque fuiste tan buen bateador.»


Podría decir que simplemente se rió, pero fue mucho más. Una sonora carcajada agitó todo su cuerpo y hasta el banco en el que estábamos sentados se movió. Un jardinero pasó junto a nosotros camino del diamante. «Mira,» exclamó una vez se alejó, «ahí va quien me va a decir algo sobre como batear.» Entonces se puso serio. Ted Williams nunca se tomó el tema de batear a coña. «A ver, tío listo. Dime. ¿Por qué bateaba tan bien?»


Señale su ojo derecho y dije, «Aunque seas zurdo este es tu ojo dominante. Para la mayoría de los zurdos es al revés, el ojo izquierdo domina. Cuando estás en el cajón esperando el lanzamiento del picher lo ves todo con tu ojo dominante. Eso te da una visión perfecta de cada pitch.»


«¿Y a dónde quieres llegar  exactamente con toda esa porquería?» Su voz fingía ser hosca y cínica, pero tras ella se escondía una curiosidad inocente. Estaba realmente interesado. Quería escuchar más. Ted nunca fue una persona muy curiosa por nada. Nunca le oí hablar de libros, obras de teatro o arte. Su gusto cinematográfico se limitaba a la películas de vaqueros, y prefería las malas a las clásicas. En política era lo que podríamos llamar un hard-hat consevative (podríamos traducirlo como  un currito de derechas) y nunca demostró ser una persona muy reflexiva. Sin embargo, cuando le hablabas sobre batear se convertía en un auténtico filosofo. Las décadas de estudio y obsesión con el bateo habían hecho que su mente fuera como la de Einstein: curiosa e inquieta. Estaba entusiasmado ante la posibilidad de aprender algo nuevo sobre un «arte» que entendió mejor que nadie. 


Era una mañana limpia. En el cielo de Florida no había ni una nube y podíamos ver una torre de agua que había a media milla de distancia. Le dije a Ted Williams que la mirara fijamente durante unos segundos. 

Lee haciendo el «indio» en el clubhouse.

«Ahora tápate el ojo derecho para que puedas verla solo con el izquierdo.»


«¡La muy puñetera se ha movido!,» exclamó. «Se ha movido unas tres pulgadas.»


«Hazlo otra vez. Pero ahora tápate el ojo izquierdo.»


«Hija de puta. Esta vez no se ha movido.»


«Eso es lo que significa que tu ojo derecho sea el dominante,» maticé. «Tu ojo derecho te da una perspectiva verdadera y lisa de un objeto. Si tu dominancia estuviera en el ojo izquierdo al mirar al pitcher con tu ojo derecho (el que ve mejor el montículo cuando bateas como un zurdo) hubieras visto un ligero y extraño movimiento en el recorrido de la bola. La mayoría de la gente necesita un instante para ajustarse a ese movimiento. Tú no perdías tiempo en eso, así que podías identificar el tipo de lanzamiento y su localización más rápido que otros bateadores.»


«Tiene sentido.»


Algunos de los discípulos de Ted Williams empezaron a llegar al campo. Pasaron corriendo junto a nosotros en dirección a los jardines. Un empleado se acercaba a nosotros en un carrito de golf para llevar a Ted junto a las jóvenes promesas. Mientras esperábamos vi como Ted se tapaba primero un ojo y luego otro mientras miraba distintos puntos del campo. «¿Lo puedes creer?» masculló entre risas. «Ha tenido que ser un puñetero pitcher chiflado el que te diga esto. Hijo de puta.»


Fuimos amigos desde aquel día. Cada vez que me veía se tapaba el ojo izquierdo a modo de saludo. En cuanto tenía un momento libre me buscaba en los vestuarios para hablar de pesca. Muchos pescadores profesionales hablaban de Ted con un experto en la pesca con mosca y a él le gustaba reírse de mi por utilizar cebo. «No tiene ningún mérito pescar con cebo.» Aún puede oírle con esa cantinela, «Es como hacer trampas. Hasta una vieja podría hacerlo». Era su manera de demostrar cariño. 

Esta gran historia fue publicada originalmente en el «Blog Monstruo Verde, Let’s Go Red Sox»

 

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