Boston: Año cero

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Cuando Dave Dombrowski llegó a Boston los Red Sox eran un equipo con proyección. En Grandes Ligas ya había dos jóvenes que olían a All Star (Mookie Betts y Xander Bogaerts) y la granja estaba cargada de talento. Su misión era poner toda la carne en el asador y ganar unas Series Mundiales. Lo consiguió. En 2018 los Red Sox firmaron una de las mejores temporadas de los últimos cincuenta años y arrasaron en octubre.

Evidentemente hubo un precio a pagar. Boston perdió a muchos de sus novatos más prometedores en traspasos que llevaron a jugadores contrastados a Fenway. Al mismo tiempo la franquicia fue asumiendo contratos cada vez más altos. Por una lado estaban los de las estrellas llegadas en la agencia libre y por otro los del talento criado en la organización que veían como sus emolumentos aumentaban al mismo tiempo que lo hacía su rendimiento.

Dombrowski ha demostrados dos cosas a lo largo de su carrera: 1) ser capaz de construir proyectos ganadores y 2) ser incapaz de evitar el colapso de esos mismos equipos. John Henry, propietario actual de los Red Sox, vivió esto en sus propias carnes. En 1997 era el dueño de los Marlins. Aquel año vio como los de Florida ganaban las Series Mundiales con Dombrowski como General Manager. En las dos temporadas siguientes el equipo perdió más de 200 partidos.

Algo similar ha sucedido en Detroit. Bajó la batuta de Dombrowski los Tigers fueron un equipo temible. Una escuadra abocada a ganar las Series Mundiales y que sorprendentemente no lo hizo. Hoy Detroit es un erial que se sigue recuperando del agujero que la gestión de Dombrowski dejó en las arcas y en el sistema de granjas.

Los Red Sox no han querido ser los próximos Tigers. Por eso han tirado del freno de emergencia. En cuanto han visto el primer y mínimo signo de colapso han decidido dar un giro copernicano en la gerencia. Adiós Dave Dombrowski. Gracias por los servicios prestados. Bienvenido Chaim Bloom. Queremos en Fenway esa magia de la eficiencia que tan buenos resultados han dado en Tampa.

Chaim Bloom es el nuevo Jefe de Operaciones Beisbolísticas. El comandante supremo de los Red Sox a la hora de tomar decisiones deportivas. Su misión no es construir un equipo, como decía el otro día el periodista Steve Buckley, su misión es construir organización.

Ese sea quizás el sello de Bloom, otro de esos graduados de la Ivy League que ha acabado dirigiendo franquicias de la MLB. En Tampa contaba con recursos muy limitados. Eso le obligó a confeccionar plantillas profundas en las que los 40 peloteros del roster extendido contaban. Los Red Sox han adolecido de esto durante el mandato de Dombrowski. En el caso de la segunda base, por ejemplo, la planificación ha sido tan mala que nos encontramos con un equipo que no ha tenido a nadie de garantías en esa posición desde 2016 (último año en que Dustin Pedroia estuvo sano).

Bloom también ha sido capaz de encontrar y desarrollar a lanzadores de primer nivel y de utilizar estrategias tan revolucionarias como el opener. Conviene recordar que el pitcheo de los Rays lleva ya varios años entre los mejores de la liga pese a que la inversión económica de la franquicia en ese campo ha sido mínima.

Este último es un campo en el que los Red Sox necesitan mucha ayuda. El único abridor recientemente drafteado y criado en Boston es Brian Johnson, cuyo futuro en la liga es incierto. En los últimos quince años los Red Sox solo han sido capaces de producir a dos starters de ciertas garantías: Jon Lester y Clay Buchholz.

Otros dos aspectos referentes al pitcheo que necesitaran la atención de Bloom son el estado físico de David Price y Chris Sale y el bullpen. Lo de Price parece más sencillo de llevar. Es un power-pitcher que está envejeciendo y necesita adaptarse a su manera de lanzar. El año pasado ya dejó muy buenas sensaciones y solo se debe seguir trabajando con él en la misma dirección. La sensación es que Bloom sabe exactamente las teclas que se deben pulsar para hacer de Price un lanzador fiable en las próximas temporadas.

Lo de Sale asusta un poco más. A un 2018 con un final un tanto anti climático le ha seguido un 2019 malo para sus estándares y con las lesiones como protagonistas. Ha visitado al doctor James Andrews, especialista en la cirugía Tommy John, en varias ocasiones y hay mucho miedo entre los aficionados. No obstante los Red Sox han dicho recientemente que todo está bien. Que Sale está recuperado de sus problemas, que su offseason va a ser normal y se le espera en perfecto estado de salud en los entrenamientos primaverales.

El bullpen es una unidad que tiende a ser irregular y poco fiable, el de Boston es probable que lo haya sido en exceso. El año pasado se acertó al no firmar a Joe Kelly y Craig Kimbrel, pero fue un error no buscar refuerzos. Más allá de un Matt Barnes muy exigido y de un Brandon Workman inesperado nadie trasmitió confianza. Bloom fue capaz de construir un cuerpo de relevistas dominante en Tampa. Lo hizo con piezas baratas y poco conocidas. Se espera que pueda replicar la fórmula con los Red Sox.

Ya hemos dicho que con Bloom se espera reforzar la organización en su conjunto. Para esto es fundamental repoblar el sistema de granjas. Tanto históricamente como en los últimos años Boston ha sido una organización que ha drafteado muy bien. Con seguir aplicando el mismo modelo y afinar algo más en el tema de los lanzadores debería bastar. Eso y no hacer traspasos de relumbrón. Parece imposible pensar que una gran estrella llegue a Boston vía trade o agencia libre en los próximos 4 ó 5 años. Toca nadar y guardar la ropa.

La primera gran pregunta que va a tener que responder Bloom tiene a Mookie Betts como protagonista. Ya sabemos de lo que Mookie es capaz. En las últimas cuatro temporadas solo ha habido un pelotero que le haya superado en WAR: Mike Trout. Hay, por tanto, motivos de peso para afirmar que Betts es el segundo mejor jugador de la MLB. Termina contrato al final del año que viene y parece que quiere reventar el mercado. Irse a los 400 millones. ¿Están los Red Sox de Bloom dispuestos a pagar ese dinero? Si no lo están qué hacer. ¿Aguantar con él hasta el final y luchar por el anillo o buscar un traspaso que llene las granjas de talento?

Lo cierto es que la continuidad de Betts en Fenway en el medio/largo plazo parece difícil. En el último episodio del podcast Over The Monster Jake Devereaux hacía públicos unos rumores muy poco alentadores. Según algunas fuentes Bettts le habría dicho a los Red Sox que no quiere quedarse en Boston. El dinero importa, pero no es el único motivo. Esas mismas fuentes dicen que el outfielder le habría pasado a la franquicia una lista con unos pocos equipos con los que si estaría dispuesto a firmar una extensión. Si esto es cierto el traspaso parece la opción lógica.

Betts no es el único con el cartel de «traspasable». Los que conocen el modus operandi de Bloom aseguran que cualquier jugador podría salir en cualquier momento. Hay quien se atreve a decir que un traspaso un tanto abultado, como el de David Price, podría resultar mucho más apetecible si en el pack entra Andrew Benintendi. Vaya invierno nos espera a los aficionados de Boston…