Campo de Sueños o la romería de Prado Nuevo

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Asumo que todos los que están leyendo esto han visto Campo de Sueños. La película es tenida por una obra maestra del cine beisbolero (que tampoco es decir mucho) y son muchos los aficionados que le tienen auténtica devoción. Es un homenaje precioso y sentido a la relación padre-hijo, nos dicen. Un film que evoca la magia del béisbol clásico.

Lo cierto es que se trata de un largometraje edulcorado y conservador. Los planos con los jugadores saliendo del campo de maíz, la banda sonora y el discurso de James Earl Jones han epatado tanto al espectador que se ha perdido el foco sobre el verdadero mensaje de la película. Un mensaje retrógrado, materialista y hasta mesiánico que se presenta envuelto de realismo mágico y aparente rebeldía.

Tenemos a Ray Kinsella (Kevin Costner), un ex hippie de unos cuarenta años con una mujer, una hija y una granja en Iowa. Ray parece haber encontrado su lugar en el mundo. No le va excesivamente bien en lo económico pero está viviendo la vida que eligió.

Entonces empieza a escuchar voces misteriosas que le susurran que si lo construye vendrán. Y llega a la conclusión de que lo que tiene que construir es un campo de béisbol. Ray se lo cuenta a su esposa (Amy Madigan), que en una secuencia anterior ha sido presentada como una mujer moderna, valiente, culta e inteligente, y esta en vez de llevarlo al médico a ver si tiene un tumor, o de decirle que el ácido que tomó en los sesenta le está jugando una mala pasada o darle dos ostias para quitarle la tontería le dice que muy bien. Que adelante. Que haga caso a las voces y construya un campo de béisbol en medio del maizal.

Ray se monta la película de que tiene que construir ese campo para saldar cuentas pendientes con su difunto padre. Ambos dejaron de hablarse durante los sesenta, cuando Ray era un hippie militante y su padre un miembro de eso que Nixon definió como la mayoría silenciosa. Es decir, se nos dice que un individuo hecho y derecho, alguien que ha sido capaz de desarrollarse y crecer por sí mismo debe dejarlo todo de lado para honrar la memoria de un muerto. El mensaje es terrible: reproduce las ilusiones de los viejos en vez de encontrarte a ti mismo. Tradicionalismo puro.

El colofón a toda la película es la aparición de Terence Hall (James Earl Jones) y el discursito de marras. Hall es un intelectual de los sesenta. Un luchador por los derechos civiles que cree en la razón y en el progreso. Ray se presenta en su casa, le cuenta lo de sus visiones y Hall se une sin dudarlo a su loca aventura. De la noche a la mañana pasa de ser un hombre cabal y reflexivo a un cantamañanas que cree en la magia, las psicofonías y las apariciones marianas.

Y llegamos al momento del discurso. La aventura de Hall y Ray era la historia de dos chiflados. Dos iluminados abocados al fracaso. Dos frikis que podrían haber aparecido en Crónicas Marcianas y cuya ridícula ocurrencia hubiera despertado hasta cierta ternura. Algo así como el disparate de Justo Gallego en Mejorada del Campo. Pero de repente Hall da su puñetero speech. Le promete a Ray que todo el absurdo en el que están metidos tiene sentido porque la gente irá allí y pagará 20 dólares por sentarse en las gradas.

¿Un momento? Pero no era toda esa locura para honrar al padre de Ray, pues parece que no. El tema era la panoja. O al menos es la pasta lo que hace que Ray deje de ser carne de frenopático y se convierta en un visionario. En el fundador de una secta.

Al final el éxito de Ray en la vida se circunscribe a lo económico. Todo el numerito de la construcción del campo de béisbol para honrar a su padre deja de ser un sinsentido porque aquello se convierte en lugar de peregrinaje. Una especie de parque temático de la nostalgia.

El set de Campo de Sueños sigue existiendo. Y se ha convertido en un parque temático de verdad. Los turistas acuden allí y se hacen fotos y se compran cosas. Muchos incluso no se dan cuenta de que lo único que se rodó allí es una película. Hablando de películas, les recomiendo Los Jueves, milagro.