Con la eficiencia hemos topado

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Pocas cosas deberían aterrarnos más que la palabra eficiencia en la boca de un ejecutivo. Lo que él llama eficiencia son en realidad despidos, subcontratación y peores condiciones laborales. Lo único que hay detrás de la palabra eficiencia es miseria y mayores beneficios.

A muchos sabermétricos militantes, esos que se fliparon demasiado con Money Ball, se les llena la boca con la palabra eficiencia. Parece que su única aspiración en la vida es la de construir equipos de béisbol competitivos al menor coste posible, como si el dinero fuera suyo.

Los propietarios de los equipos se dieron cuenta de ello y vieron allí la gallina de los huevos de oro. Pusieron a todos esos nerds a dirigir sus franquicias con Wall Street y Silicon Valley como modelo a seguir. Al principio la cosa tuvo gracia. El choque entre los viejos dinosaurios y esos chavales con granos era curioso.

Pero la comedia de situación se está convirtiendo poco a poco en un drama social. Las libretas, la pistolas que miden la velocidad y el tabaco de mascar ha sido sustituido por MacBooks, cámaras de última generación y takeaways coffees del Starbucks con leche de soja.

Donde antes había todo un ejército de scouts que recorrían el país en busca del próximo Mickey Mantle hay ahora un programa informático que nos dice quién llegara a las Mayores en función de su spin rate o de su launch angle. Ese fue el primer gran triunfo de la eficiencia y de los propietarios. Abarataron muchísimo los costes y vieron como crecían sus beneficios.

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El segundo está por llegar. Las Menores están en el punto de mira de los gurús de la eficiencia beisbolística. Hay miles de chavales en las ligas formativas, pero solo unos pocos llegaran a la Gran Carpa. Lo que se proponen ahora es identificar con sus logaritmos y sus historias a aquellos jóvenes que tienen más opciones de llegar al profesionalismo y centrarse exclusivamente en ellos.

Ya se está hablando de eliminar equipos de las Ligas Menores y entrenar a ese grupo de peloteros elegidos en laboratorios sofisticadísimos donde con ayuda de tecnología de última generación se les enseñara a tener un swing perfecto que impacte con la bola en el ángulo adecuado o un grip certero que maximice las revoluciones.

La primera reflexión que le viene a uno a la mente salió de la boca de Mitch Haniger: “Es imposible simular el enfrentarse a un lanzador frente a miles de personas… y fallar”. Los jugadores, como dijo el presidente-filósofo, son sentimientos y tienen seres humanos. De la misma manera que los simuladores de vuelo no son suficiente experiencia para un aspirante a piloto las cajas de bateo son solo una parte del entrenamiento de un jugador. La presión y el autocontrol son igualmente importantes. Esto es lo que los sabermétricos parecen no entender: en el lineup, de momento, hay nueve personas, no nueve robots.

La segunda pregunta que se les podría plantear a los yuppies del béisbol es si hacer mejor a los jugadores es el único cometido del deporte. Las Ligas Menores nacieron para desarrollar y formar peloteros, cierto, pero se han ido popularizando entre el público. La gente va a los estadios de las Menores a ver béisbol. Y el béisbol es, ante todo, un entretenimiento. Al gran público no le interesa el spin rate o el launch angle, lo que le conmueve es ese enfrentamiento entre dos grupos imperfectos de seres humanos. Cada uno de ellos con sus fortalezas y sus debilidades.

A los estadios de las Menores se va a beber una birra, comer un perrito, charlar con los amigos y ver algo de béisbol (lo mismo que se hace en las Mayores pero a un precio más asequible). Si además tienes la suerte de ver al próximo Mike Trout o a un venezolano puberto que en dos años pegara 40 homers en las Mayores pues mejor, pero no es la motivación principal.

Si la eficiencia es lo más importante acabemos con el béisbol, con el resto de deportes y con cualquier forma de arte y entretenimiento. Seguro que de esta manera somos más eficientes y productivos en nuestros trabajos. Esto es lo que hizo Isabel I de Inglaterra en el siglo XVI. Prohibió la práctica de determinados deportes practicados en la época por el miedo a que estos fatigaran demasiado a sus súbditos y les alejaran de sus verdaderos quehaceres y obligaciones.