Por un béisbol más primitivo

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A menudo reducimos el significado de la palabra primitivo a una única acepción. A esa, que según la RAE, significa lo siguiente: Dicho de un individuo o de un pueblo: De civilización poco desarrollada.

Generalmente, cuando calificamos a algo o a alguien como primitivo estamos apelando a su poco desarrollo, a algo tosco. Pero me gustaría recordar que el adjetivo primitivo tiene otras acepciones: 1. Primero en su línea, o que no tiene ni toma origen de otra cosa. 2. Perteneciente o relativo a los orígenes o primeros tiempos de algo. 3. Rudimentario o elemental.

Podríamos entender lo primitivo como la forma más pura de algo. Su origen mismo. Su esencia. Siempre me ha gustado calificar el cine de Pasolini como cine primitivo. Él fue capaz de “reducir” el lenguaje cinematográfico a su máxima expresión. Algo similar sucede con la poesía de Machado. Lo primitivo no es simple, es puro.

Si nos vamos al mundo del deporte me viene a la cabeza el primer Barça de Guardiola. Aquel equipo entendió el juego en su manera más esencial. El balón debía moverse con la única intención de meter gol. Nada del tiki taka especulativo que llegó más tarde. Los jugadores sin balón se movían constantemente, ocupaban un espacio vacío del campo y en cuanto recibían la bola se la pasaban a otro compañero que ya había ocupado otro espacio vacío. Es así como destrozaban a las defensas y generaban situaciones de ventaja.

En los últimos años el béisbol ha olvidado su esencia. Ese enfrentamiento atávico entre un tío con un palo y otro con una piedra. El físico es importante en el béisbol, pero por momentos es un juego más mental. El enfrentamiento entre lanzador y bateador tiene algo de partida de ajedrez. La psicología pesa mucho. “¿Estará esperando otra vez una bola rápida?”, piensa el pitcher cuando le toca hacer su segundo lanzamiento. “Después de esa recta dentro me va a dar una curva, ¿no?”, se plantea el bateador.

En los último años parece habérsenos olvidado que eso es por lo que nos gusta el béisbol. Por ese juego mental explosivo que se establece entre lanzadores y bateadores. Un turno de bateo es una partida de ajedrez que en vez de durar horas dura minutos

El asunto del robo de señales, que de momento solo ha pringado a Astros y a Red Sox aunque parece que algún otro equipo va a ser salpicado, pone de manifiesto que son muchos, probablemente la mayoría, los jugadores que han olvidado lo más esencial del deporte. Ese juego mental.

Entre un at bat y otro los bateadores no se quedan en el dugout hablando con sus compañeros. Se van a la sala de video y se ponen analizar sus swings, las secuencias de lanzamiento del pitcher y otras muchas variables. Lo más natural es que a continuación se intente interpretar las señales del catcher, algo que ha acabado sucediendo. El robo de señales de formas más o menos fraudulentas no es nuevo, pero los avances tecnológicos y las dichosas salas de video lo han convertido en algo tan fácil de hacer que hasta parece lícito.

Más allá de las sanciones la MLB debe tomar medidas para evitar que esto se generalice todavía más. Hay quien habla de algún tipo de dispositivo electrónico para la comunicación entre catcher y receptor. Pero quien dice que en unos años no existirá la tecnología suficiente para desencriptar esas señales. Lo lógico llegados a este punto parece prohibir que los jugadores tengan acceso a videos durante el transcurso de un partido. Que cuando no estén bateado o fildeando se queden en el dugout hablando con sus compañeros y tratando de averiguar qué diablos está lanzando el pitcher. Volver a los orígenes. Esto, por cierto, podría ayudar a que muchos de esos veteranos que no consiguen contratos en la agencia libre vuelvan a estar cotizados. En un mundo menos tecnológico la sabiduría y la experiencia cuentan mucho. Que alguien se lo explique a Tony Clark.